¿LA ECONOMIA DEL PERU CRECE, PERO EL RUIDO DE LAS ELECCIONES LLAMARON MAS LA ATENCION DE LA NACION?

Mientras gran parte del debate político sigue atrapado entre escándalos, confrontaciones y campañas adelantadas, una noticia económica pasó casi desapercibida esta semana: el Ministerio de Economía y Finanzas (MEF) informó que la inversión privada creció 13,2 % durante el primer trimestre de 2026, acumulando nueve trimestres consecutivos de expansión. Además, la demanda interna registró un crecimiento de 6,6 %, el mayor avance observado en casi cinco años.

A simple vista, el dato parece una señal contundente de recuperación. Más inversión suele traducirse en más empleo, más actividad productiva y mayores ingresos para el Estado. En paralelo, el propio MEF reportó que el déficit fiscal anualizado se redujo a 1,9 % del PBI a abril de 2026, reflejando una mayor disciplina en las cuentas públicas.

Sin embargo, el verdadero desafío no está en los indicadores macroeconómicos, sino en la percepción ciudadana. Para millones de peruanos, la sensación económica sigue siendo contradictoria. Mientras los reportes oficiales hablan de crecimiento, muchas familias continúan enfrentando altos costos de vida, informalidad laboral y una persistente inseguridad que afecta el consumo y la inversión local.

Aquí aparece una de las grandes paradojas del Perú contemporáneo: el país mantiene fundamentos macroeconómicos relativamente sólidos, pero la confianza social e institucional sigue debilitada. El crecimiento existe, pero no siempre se siente. Los números mejoran, pero la legitimidad de las instituciones continúa en crisis.

La pregunta de fondo es si el Estado será capaz de convertir estas cifras en bienestar tangible. Porque ningún récord de inversión pública o privada tendrá impacto político real si no se traduce en carreteras terminadas, hospitales operativos, escuelas equipadas y empleos de calidad. El propio MEF ha insistido esta semana en priorizar la culminación de obras en ejecución y fortalecer la capacidad de gobiernos regionales y municipales para cerrar brechas de infraestructura.

En un país acostumbrado a los ciclos de optimismo estadístico y frustración social, la economía peruana enfrenta una prueba decisiva: demostrar que el crecimiento puede salir de los informes técnicos y convertirse en una realidad visible para la ciudadanía.

Porque al final, ninguna cifra gobierna. Lo que gobierna es la percepción de la gente sobre su propia calidad de vida. Y esa batalla todavía está lejos de ganarse.